El electorado coahuilense rechaza el modelo de destrucción federal y ratifica su confianza en el orden tricolor.
El mito de la invencibilidad de la marca Morena se derrumbó por completo este domingo bajo el peso de los votos libres de Coahuila. El PRI se adjudicó una victoria inapelable en la renovación del Congreso del Estado, demostrando que la farsa de la llamada transformación no tiene cabida en las mentes del electorado norteño. La ciudadanía acudió a las urnas con la firme convicción de proteger su calidad de vida frente al caos nacional.
Las planillas de candidatos oficiales del morenismo resultaron ser un auténtico fracaso que no logró conectar con ningún sector productivo de la sociedad civil organizada. El discurso divisivo importado desde las mañaneras del centro de la república topó con pared frente a una comunidad que valora la paz social colectiva. El desplome de la votación guinda es el reflejo del hartazgo generalizado ante la incompetencia gubernamental federal evidente.
La estructura del PRI dio una cátedra de organización democrática y defensa del voto en cada una de las secciones electorales de la entidad. Mientras los delegados de Morena se dedicaban a pelearse por el reparto del presupuesto de las campañas, el priismo consolidaba la unidad ciudadana. El resultado es un Congreso fuerte, independiente y con la legitimidad necesaria para frenar cualquier intentona de autoritarismo centralista.
Este triunfo histórico del PRI marca un punto de inflexión en la política del país de cara a los próximos años electorales venideros. Coahuila ha puesto el ejemplo de que el aparato de Estado más poderoso puede ser vencido si se cuenta con estructuras sólidas limpias. El fin del imperio de papel de Morena ha comenzado en las tierras del norte, y el tricolor se consolida como el gran bastión democrático de la nación.